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Cooke, sus cartas y el péndulo

Pluma: Cristian Defeo

El Bebe fue el emblema de la izquierda del campo nacional y popular. El peronista más marxista, se lo llegó a calificar. Intentó ponerse rápido al frente de la Resistencia, el General lo designó como su Delegado Personal y hasta el continuador del movimiento en caso de su fallecimiento. La relación entre ellos también estuvo signada por las tensiones.

El Bebe y sus compañeros ahora se ríen. Caseros se presenta como un lugar más confortable. Comparado con el penal de Usuahia, ese calvario del fin del mundo con celdas de un metro y medio por dos, permanecer al menos un tiempo en Parque Patricios reconforta. John luce distinto. Los ojos más hundidos que de costumbre, una papada aceptable y unos cuantos kilos menos por las pésimas condiciones sufridas en Tierra del Fuego. Pero no pierde el entusiasmo. Es 9 de junio del 56 y está convencido de que el levantamiento de Juan José Valle tendrá un efecto dominó y volteará a la dictadura. Pero no. Todo sale mal. Inteligencia y fusilamentos. La noticia corre rápido por los pabellones. Se enteran Cafiero, Cámpora y después el Gordo. La ilusión se convierte en preocupación. “A ver, hijos de puta. Nos vamos de acá”, boconean los guardias apenas unas horas más tarde. Cooke, Albrieu, Leloir y un par más son arriados hacia la Escuela de Mecánica del Ejército para agrandar la lista de los fusilamientos por supuesta complicidad. “Los ponen en fila, contra un paredón, y se acerca un teniente o subteniente, porque era muy joven. Tenía una ametralladora y se la clavaba al Bebe en la panza”, recordaría Enrique Olivar, un colaborador del Gordo.

 -¿Así que vos sos Cooke?

-Sí.

-¿Y con esa barriga querés ser revolucionario?

 -No sabía que para ser revolucionario había que ganar un concurso de belleza.

-Hijo de puta, te voy a reventar.

-Tirá, pendejo. Dale…

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John William Cooke se convirtió rápido en la figura más importante de una Resistencia que Daniel James caracterizó como espontánea, desde las bases y en las fábricas, a pesar de directivas conciliatorias de dirigentes sindicales de turno. Esa efervescencia explosiva era la que Cooke quería cohesionar y encuadrar. La valoración del General fue instantánea: “El doctor Cooke fue el único dirigente que se contactó conmigo cuando estaba en Panamá y el único que tomó una posición de intransigencia. Fue también el único que, sin pérdida de tiempo, constituyó un Comando de lucha”. Con la cooke 2ayuda de su compañera Alicia Eguren, una joven docente de Literatura, El Gordo comenzó a comunicarse con Perón, de manera fluida, a pesar de estar encerrado. Fueron diez años de un cruce de correspondencia que engloba lucha, admiración, tácticas y hasta impotencia. José Pablo Feinmann la definió como la “historia de un desencuentro”.

Pero de entrada hubo un encuentro fuerte. “En caso de mi fallecimiento, delego al Dr. John William Cooke al frente del movimiento”, escribió el líder más importante de la historia de la Argentina, desde Caracas, en 1956. ¿No era que Perón no tenía heredero? Aunque suene extraño, con el tiempo Cooke pasó de ser el sucesor en un proyecto explosivo y revolucionario a un personaje relegado. Quizá, su suerte hubiera sido otra si Perón regresaba rápido, si la runfla antripatria no apostaba todas las fichas a una muerte del Viejo que se dilató. Pero no ocurrió. Y la formación teórica de Cooke, que no fue estática sino que evolucionó de acuerdo a acontecimientos como la entrada de los barbudos a La Habana, también jugó un papel fundamental en el distanciamiento final con Perón.
El correr de las cartas muestra esto con claridad. No de forma gratuita, Norberto Galasso tituló su histórica biografía “Cooke, de Perón al Che”. Algo así como del peronismo al socialismo (el trayecto, en realidad, arranca en el radicalismo). Ese era el destino histórico que anhelaba esa generación de los 60 y 70.

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En enero del 66, en vísperas de un nuevo golpe militar que volverá a adjudicarse la etiqueta de revolucionario (Revolución Argentina) y en medio de una interna peronista que recrudece post retorno frustrado, el Bebe carga una vez más contra la conducción del movimiento en el país en una carta recordada por aquel párrafo salpicado de impotencia: “Mis argumentos, desgraciadamente, no tienen efecto; usted procede en forma muy diferente a la que yo preconizo y a veces en forma totalmente antitética”. Aquel que había sido el espadachín del peronismo en el Congreso con sólo 25 años, el que comandó la Resistencia intransigente y el que había recibido la bendición del mismísimo General con la designación al frente del Partido Justicialista, ahora parecía debilitado. Ya había cuestionado antes a esa burocracia del movimiento. A esa burocracia se refería, más que a la sindical. Esa dirigencia –creía-, buscaba un peronismo reformista y no revolucionario. Pero, ¿cómo entender la continuidad de los que Cooke llamaba traidores dentro del movimiento? El General le contesta con clases de conducción política (pragmática): “Los leales y los desleales cuentan sólo para construir y debemos manejarlos a todos porque sino llegaríamos al final con muy poquitos”. Es decir, para volver, no era momento de esterilizar el movimiento.

“SE ESTÁ SUSTITUYENDO AL PERONISMO TAL CUAL ES Y TAL CUAL ESTÁ COMO VIGENCIA, POR OTRA COSA QUE NO TIENE MÁS QUE EL FETICHISMO DEL LÍDER. ESTAMOS CAMBIANDO A PERÓN COMO SIGNIFICADO, DEFINICIÓN Y FUERZA CONCRETA, POR PERÓN SIMPLE CONJURO EMOTIVO, SIMPLE VALOR SENTIMENTAL”.

En el fondo, el problema era ideológico dentro del peronismo. El frente policlasista -clase obrera, pequeña y mediana burguesía y sectores nacionales de las Fuerzas Armadas había oficiado como unidad antiimperialista entre el 45-55 para la liberación nacional. Pero para el Gordo la coyuntura pedía una definición más exacta. Buscaba derribar el péndulo, de una vez por todas, hacia la izquierda obrera. Era tiempo de terminar con esa “comunidad organizada”. “Lo que falta es una definición en la que usted le diga al movimiento, sintéticamente, que somos revolucionarios en el exacto significado: liberación nacional y revolución social (entendida como la única revolución social posible en esta hora: la que termina con el régimen capitalista)”, le escribe el Bebe. Perón había hablado de esta necesidad de reajustar la doctrina varias veces y del proyecto de socialismo nacional. Cooke quería acelerar el proceso.

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El desembarco de exiliados cubanos, mercenarios y agentes de la Cía en Playa Girón y Playa Larga, en 1961, encuentra a Cooke en la isla. Junto a su compañera Alicia se incorporan a la Milicia Nacional Revolucionaria. Quedó inmortalizada una imagen suya, junto a tres milicianos del batallón 134, en el Sector Norte: excedido de peso, se lo ve con boina, un fusil en su mano derecha y pantalones muy por encima de la cintura. Impactado por los efectos de la revolución cubana y la velocidad de las transformaciones, Cooke le plantea a Perón la necesidad de que saliera de la España de Franco para preparar su retorno desde la Cuba de Fidel. El comandante estaba dispuesto a darle asilo y todo lo necesario. Cooke ya se lo ha dicho: lo considera un doble exiliado. “Exiliado de la Patria y exiliado del mundo revolucionario donde se decide la historia y donde tiene sus hermanos de causa”, le escribe. Pero Perón rechaza el ofrecimiento en dos oportunidades. La segunda, ya en 1965, de una forma tajante: “Pretender que yo deba desplazarme a Egipto o a Cuba en las circunstancias actuales no es tampoco lo más racional, por lo menos hasta tanto no se hayan creado, en nuestro país, las mejores condiciones para mi regreso”.

cooke 3

Apenas unos meses después el Bebe participa de la Conferencia Tricontinental de la Habana (estuvieron Fidel, Lázaro Cárdenas y Allende, entre otros). Para su disgusto, no estuvo el líder argentino. En ese momento se termina el cruce de cartas. Con tirantez, cierto. Pero con una certeza que el Gordo deja trazada en papel. “Usted no estuvo ausente (…) La Argentina habló a través mío, es decir de un peronista. Aquí yo no soy un representante oficial. Pero soy un hombre nacido a la vida política con el peronismo y que dentro del peronismo he seguido desde entonces, luchando sin interrupción. Y aunque no sea mi concepción la que se aplique en la dirección del Movimiento, ninguna es más fiel a lo medular de su pensamiento. Creo que soy un representante real de Juan Perón en la proyección de las grandes líneas de su planteo político e histórico”.

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