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El cerebro, una máquina de comunicar

 

Pluma: Pablo Esteban

El cerebro funciona como una compleja computadora que tiene sus cables, sus vehículos, su hardware y su software. Una máquina que almacena y procesa una innumerable cantidad de datos que viajan por intermedio de un sistema integrado de conexiones que facilitan que la comunicación sea rápida y eficaz. En este sentido, si bien su estructura se repite en todos los seres humanos por igual, las experiencias particulares de cada quien configuran ejemplares con características específicas y únicas. De aquí, la belleza de lo inexplicable.

Diseñado como el edificio central del sistema nervioso, el cerebro está compuesto de neuronas. Sabemos que están en la cabeza y que cumplen funciones imprescindibles pero, ¿cómo se generan? El proceso se inicia más o menos así: una célula madre quiescente modifica su estado a partir de la recepción de una señal eléctrica proveniente del hipocampo –región cerebral que recibe su nombre por el parecido con el animal acuático popularmente llamado “caballito de mar”-. Luego, el programa es bien conocido, su estructura se divide, se amplifica y se convierte en neurona a partir de la formación de dendritas y axones. Pronto, estará lista para la recepción de estímulos y la conducción de impulsos nerviosos.

El proceso de intercambio de datos involucra la activación de conjuntos específicos o “engramas” de neuronas que el cerebro usa para codificar la información que necesita almacenar, procesar o incluso eliminar. Se trata, ni más ni menos que de unidades de información lógica. Entonces, si –aproximadamente- un cerebro posee 100 mil millones de neuronas y cada una establece como mínimo mil conexiones, es posible afirmar que el ser humano, para su fortuna, es dueño de un sistema de cables y autopistas que configuran un entramado compuesto por 100 billones de enlaces.

Sin embargo, más allá de los paralelismos, cerebro 2se podría afirmar que el cerebro es mucho más complejo que una supercomputadora. A diferencia de lo que ocurre con las máquinas que son diseñadas, armadas y programadas por especialistas que comprenden y manipulan su funcionamiento, sobre el cerebro se conoce muy poco. Lo que ocurre, por ejemplo, con los procesos de aprendizaje es ilustrativo al respecto. La ciencia conoce el sitio en que se alojan los conocimientos, pero es incapaz de describir el proceso mediante el que efectivamente se guardan.

Algo similar ocurre con la memoria: herramienta que cumple con una función adaptativa, es decir, permite corregir acontecimientos y fenómenos con el objetivo de evitar peligros. En esta dirección, ¿por qué se incrementa el número de jóvenes con problemas de memoria? En la actualidad, cada vez con mayor recurrencia, los individuos se acostumbran a manejar grandes cantidades de información y a realizar múltiples actividades al mismo tiempo. De este modo, si bien la interrelación con las tecnologías conduce a los humanos a recibir más inputs simultáneos, la realidad indica que la máquina cerebral carece de tantos puertos USB como a veces se demanda.

Desde esta perspectiva, el problema puede traducirse bajo la siguiente premisa: la memoria posee un espacio de almacenamiento limitado. Ello repercute en el proceso general de interacción de los homo sapiens. Monos avanzados que desde el momento en que se autodefinen invencibles se crucifican con sus propias debilidades, tan sólo poseen la capacidad para maniobrar siete piezas de información fonológica. ¿Y ello que quiere decir? Básicamente, que no pueden recordar grandes series de números u oraciones. El cerebro tiende a “empaquetar” segmentos informativos para lograr manejarlos. De modo que la comunicación, sus límites cuadrados y su potencia revolucionaria, también se gesta en el cerebro.

Lenguas enjauladas: cuando hablar ya no es lo que parece

Los actos del habla no son tan espontáneos como aparentan. Por el contrario, representan el resultado de una compleja red de fenómenos que acontecen en las insondables rutas del cerebro. Los humanos se diferencian del resto de los seres vivos por su capacidad para construir culturas, definidas como instituciones colectivas que emergen como productos dinámicos (vale la contradicción) de las prácticas sociales. No existe proceso de socialización que carezca de intersubjetividad e intercomunicación. Así, se formulan lenguajes para expresar pensamientos y materializar sentimientos por medio de la palabra.

La lingüística, en este marco, se ubica como el estudio científico que analiza tanto la estructura de las lenguas naturales así como también sus evoluciones históricas y el conocimiento que los hablantes generan respecto a ellas. Desde aquí, una vieja hipótesis sobrevuela el campo y, de vez en tanto, se estaciona para causar alguna molestia entre los expertos: los actos de habla poseen un alto grado de planificación. En efecto, ¿qué sucede en el cerebro cuando las personas se disponen a armar una oración? En concreto, ¿qué relaciones se tejen entre los procesos léxicos y los mecanismos sintácticos? Finalmente, ¿cuánto cuesta hablar?

“LOS ACTOS DEL HABLA NO SON TAN ESPONTÁNEOS COMO APARENTAN. POR EL CONTRARIO, REPRESENTAN EL RESULTADO DE UNA COMPLEJA RED DE FENÓMENOS QUE ACONTECEN EN LAS INSONDABLES RUTAS DEL CEREBRO”.

Noam Chomsky, referente estadounidense del área y tenaz activista político, a menudo explica que el lenguaje “es como es porque los seres humanos estamos hechos como estamos hechos”. Con esta frase, postula una idea que si bien subrepticia brilla con luz propia: existe una serie de restricciones inherentes al organismo que empuja a las lenguas a desarrollarse del modo en que lo hacen y no de otro (un conjunto de condicionamientos impuestos por el hardware). En esa línea, podría pensarse que la diversidad lingüística es más estrecha de lo que en forma automática se tiende a suponer.

Cuando un individuo desea emitir un mensaje debe soltar sonidos que transcurren en el tiempo y se organizan uno tras otro, en un marco de respeto de las reglas gramaticales. La discusión, entonces, es si los seres humanos poseen un plan sintáctico predeterminado –es decir, si cuando comienzan a hablar ya conocen de antemano los significados de las palabras y sólo deben expresarlas del modo correcto– o bien, si el proceso resulta un tanto más espontáneo y flexible, esto es, si conforme habla selecciona palabras y las concatena.

Y la respuesta, llega –como casi siempre- del bando del orden y el control. Las personas cuentan con un sistema de monitoreo que hace que los productos lingüísticos erróneos se suspendan en los distintos niveles y el proceso se corrija. En muchos casos, cuando comienzan a hablar antes de tener el plan completo puede suceder que el monitor anuncie una falla (que indica una orden del tipo “por acá no se puede seguir”), porque efectivamente no es posible culminar con el mensaje que se deseaba emitir tras arrancar del modo en que se realizó. Con cada error se incrementa el costo cognitivo, es decir, el esfuerzo mental que los sujetos efectúan cuando las cosas no salen bien y se comprometen un mayor número de neuronas.

En síntesis, la mente humana se activa mediante el lenguaje. Las neuronas intercambian datos variopintos y ponen en marcha los engranajes que producen los procesos comunicacionales: usinas informativas que gestan las ideas que luego traspasan las porosidades de la piel y se expresan de una u otra manera en el espacio público. Algunas veces, son tan potentes que con fuerza hercúlea se imprimen en el imaginario colectivo y logran gambetear las trabas del tiempo.

Las personas piensan con metáforas, giros hermenéuticos que clarifican el panorama y operan como interruptores del cambio social, que sólo es posible cuando el interrogado es el poder. Y el poder es una relación: un vínculo entre teoría y práctica, entre forma y fondo, entre literatura y política, entre calle y poesía, entre historia y porvenir. En definitiva, como señala Manuel Castells, “el poder se construye, como cualquier realidad, en las redes neuronales del cerebro, pues se genera en los remolinos de la mente”.

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