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#NoMeGusta

| Pluma: Wilson Fernández |

La expansión de las redes sociales, que democratiza el acceso a la información, también tiene un lado B: cada vez más, los partidos políticos contratan estudios de percepción y monitoreo de lo que ocurre en Internet para torcer el sentido común de las poblaciones. En Bolivia y Argentina hay ejemplos notorios de cómo las derechas buscan el control a través del procesamiento de datos. ¿Qué hacemos para contrarrestar esto? ¿Se puede “militar” desde el Smartphone?

Suena el despertador en tu teléfono y arranca un nuevo día. Mientras desayunás escuchás la radio y te preparás para ir a laburar. Pagás el bondi con la SUBE y, como muchos otros pasajeros del colectivo, abrís el Facebook en el Smartphone para ver qué pasó, para pispear qué hay. Se te ocurre una idea que considerás pertinente para echar a rodar en el pensadero digital que es Twitter. Escribís la “genialidad” del día y te llega una nota de voz de un amigo comentándote que el gobierno volvió a subir las tarifas de la luz, el agua y el gas. Puteás en mil idiomas y expresás tu malestar en tu muro, en donde se arma gran revuelo gran porque aparece la polémica alrededor del bien pensado slogan de la “pesada herencia”. Todo, está claro, a través de la pantalla del dispositivo que te acompaña día a día en el bolsillo, el celular.

Los cambios operados a nivel global en relación a las tecnologías de la información y la comunicación implican una transformación inédita en la vida cotidiana y en las formas en las que nos vinculamos con otros. Pocas cosas quedaron por fuera del boom digital.

Buena parte de las prácticas sociales, laborales, culturales, emocionales y políticas fueron atravesadas y reconfiguradas por la expansión y la penetración de las computadoras, los teléfonos celulares hoy devenidos Smartphones, las redes de comunicación globales, el Facebook y la mar en coche. Hoy vivimos hiperconectados y la comunicación, en este escenario, se erige como uno de los campos de batalla fundamentales en las disputas por el poder. Bienvenidos a la era de las pantallas.

Redes y medios de Comunicación

Al ya de por sí complejo fenómeno de los medios masivos, su incidencia en la opinión pública y las luchas por los sentidos y valores de las sociedades democráticas, los últimos años han agregado un factor disruptivo que transformó el escenario de la comunicación a nivel mundial. Si hasta hace poco tiempo nos debatíamos alrededor del poder de las grandes empresas de comunicación y su capacidad para dictar lo bueno y lo malo, para instalar lo prioritario y lo invisible en nuestra sociedad, el presente nos entrega un escenario todavía más enredado. La irrupción y expansión de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) despliega nuevas formas de interacción entre la ciudadanía, entre vos, tus amigos, tu gente y tu mundo. Hoy el escenario cambió: vivimos en las sociedades de la información, en lo que el teórico español Manuels Castells denomina como las sociedades en red. Lo que en este momento es tendencia en twitter (trending topic), mañana será noticia.

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La centralidad de los medios masivos tradicionales persiste, pero ha cedido lugar frente a la emergencia de las redes sociales en tanto formas de comunicación más horizontales y democráticas. Si el ciudadano no puede responderle a la tapa del diario o pelearse con el televisor (aunque muchos lo intenten), sí puede responder a una noticia en un portal y expresar su opinión a través de Facebook o Twitter. Hasta hace poco la información solo se consumía; en esta nueva época en la que conviven los medios tradicionales con los digitales y alternativos, la información también se produce, habilitando nuevas formas de participación y de elaboración de contenidos.

La comunicación de masas, la política, la batalla por la construcción de sentido y la producción de subjetividades no quedaron por fuera de estos cambios vertiginosos. Internet y las redes sociales constituyen una potente herramienta para la autocomunicación de masas, para la difusión de contenidos alternativos a los generados desde los medios masivos de comunicación. La red de redes democratiza el acceso a la información y al conocimiento, permite visibilizar conflictos y temáticas incómodas para los poderes establecidos y ofrece un campo fértil para el despliegue de la creatividad y el ingenio popular. Sin embargo, no todo es color de rosa en este nuevo mundo. Los usuarios, voluntariamente, brindan una enorme cantidad de datos e información personal a empresas como Google, Facebook o Microsoft, sin tener en cuenta qué es lo que pasa con eso que se entrega sin chistar.

Internet, sus caños y tus datos

Decíamos que no todo es maravilloso en la red de redes. Más allá de las bondades de lo instantáneo y del acortamiento de distancias aparecen algunos puntos oscuros a señalar. En primer lugar, y lejos de las fantasías de neutralidad y protección, Internet es escenario de feroces disputas y enormes conflictos de intereses. En 2013, el hacktivista Julian Assange, fundador de WikiLeaks, planteaba que “el nuevo gran juego no es la guerra por los oleoductos. Es la guerra por los caños de Internet: el control sobre los recorridos de los cables de fibra óptica que se distribuyen por el lecho marino y la tierra. El nuevo tesoro global es el control sobre el enorme flujo de datos que conectan continentes y civilizaciones linkeando la comunicación de miles de millones de personas y organizaciones”. Así de impactante como se lee, existen en el fondo del mar grandes y extensos caños que contienen cables de fibra óptica por los que viajan millones de datos por segundo. La masa de información que por allí circula es, como plantea el hombre que filtrando información sacudió a los poderes globales, un tesoro invaluable.

Otro factor poco claro en relación a este nuevo tiempo es el lugar que ocupa el usuario. El reverso de la supuesta libertad de la red es el control masivo que se puede ejercer a través del procesamiento de datos. El fenómeno del Big Data permite medir, procesar y organizar fabulosas cantidades de información para poder extraer de allí nuevos y abarcativos conocimientos acerca de las dinámicas de comunicación inherentes a las sociedades en red. Cuando vas a laburar o a la facultad, tu teléfono produce información aunque no lo estés usando. Día a día millones de usuarios dejan su huella digital al hacer uso de sus computadoras, tablets y smarthpones. Tus elecciones, gustos, preferencias e intereses generan datos que son procesados y devueltos en forma de publicidad, de sugerencias de consumo y de noticias acordes a tu perfil. Google, Facebook, Youtube y compañía te conocen mejor que vos. Estos instrumentos son empleados por las técnicas del marketing para segmentar y alcanzar públicos cada vez más específicos, en lo que se conoce como la microsegmentación. Si te preguntabas qué tenía que ver todo esto con la comunicación y la batalla por la construcción de sentido, avancemos un paso más.

Tu voto Me gusta

Los caminos democráticos nos llevan a decidir colectivamente, cada 4 años, el hacia dónde de nuestras sociedades. Elegimos candidatos, partidos y propuestas en sufragios en los que cada ciudadano expresa su voluntad a través de su voto. Si las paredes de las ciudades fueron en el Siglo XX espacios de disputa y de visibilización de las demandas populares, la segunda década del XXI nos indica que hay un nuevo actor en el barrio. Los muros de Facebook, el timeline de Twitter y las reproducciones de Youtube instalan tendencias, ponen en movimiento corrientes de opinión y contribuyen a la valoración positiva o negativa de los representantes políticos. Los presupuestos para propaganda han visto un aumento sideral en la inversión en pauta digital, estudios de percepción y monitoreo de redes sociales. Cada vez más partidos políticos desarrollan investigaciones de marketing político para extraer valiosas conclusiones a la hora de encarar una campaña electoral o diseñar la estrategia de comunicación de gobierno. Los discursos se amoldan en función de la información que arrojan las encuestas y los análisis de grandes cantidades de datos, esos que producimos cuando exploramos el espacio digital con nuestros clicks.

El gobierno macrista es un ejemplo contundente de estas prácticas. Durante la campaña, los candidatos de la alianza neoliberal hicieron visitas a “vecinos” elegidos en base a sus perfiles de Facebook, con el fin de transmitir un mensaje de “cercanía” y “diálogo”. Esos pequeños actos de campaña luego obtenían masiva difusión tanto desde militantes, simpatizantes y periodistas como también, y aquí es donde hay que encender las señales de alerta, desde ejércitos de bots y cuentas falsas. Para graficar la idea de las redes sociales como campo de batalla por el sentido y la opinión pública, basta observar la conducta de estos perfiles destinados a ensuciar a los adversarios políticos. Cuentas con cientos de miles de seguidores que se encargan de bombardear permanentemente a usuarios que alzan su voz para expresar su rechazo al rumbo que tomó la Argentina desde diciembre de 2015, perfiles falsos que multiplican un mensaje para instalar tendencias determinadas y fanpages cuyo único fin es sembrar confusión y odio en los muros son algunas de las prácticas cotidianas en redes de las derechas latinoamericanas. Así, funcionan en los espacios públicos digitales maquinarias de desprestigio y difamación, que operan con el fin de destruir la imagen pública de opositores a través de noticias inventadas, rumores incomprobables e información falaz.

Lo vivido en Bolivia en relación al referéndum en el que se impuso el No a la reelección de Evo Morales con un 51,3% da cuenta de este accionar organizado. En los días previos a la votación, los medios dieron a conocer una noticia en la que se hablaba de una supuesta paternidad no declarada del líder del Movimiento al Socialismo. Inmediatamente, las redes sociales y los celulares, articulados con los medios masivos de comunicación, se inundaron de mentiras que apuntaban a desprestigiar al hombre que representa uno de los puntos más altos en las luchas de los pueblos latinoamericanos. El resultado de la elección, con tan poca diferencia entre el No y el Sí, habla de la efectividad de este modus operandi. Tomando este caso y reflexionando sobre pasados y futuros de los movimientos emancipatorios de Latinoamérica, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, planteó que “está claro que las redes no son culpables de la guerra sucia; es la derecha, que no tuvo escrúpulo alguno para esa guerra sucia unilateral, la que apabulló el medio. Nosotros atinamos a una defensa artesanal en un escenario de gran industria comunicacional. Al final, esto también contribuyó a la derrota. A futuro, está claro que los movimientos sociales y el partido de gobierno deben incorporar en sus repertorios de movilización a las redes sociales como un escenario privilegiado de la disputa por la conducción del sentido común”.

En la línea apuntada por el intelectual revolucionario, corresponde indagar en los modos en que los sectores que no detentan el poder económico pueden intervenir en esta batalla desigual. Las derechas cuentan con un potente dispositivo comunicacional articulado alrededor de los medios de masas y la operación en redes, sostenido en un poder económico apabullante. La disputa se da en condiciones desfavorables para todos aquellos que busquen la transformación de un orden global desigual y excluyente. Sin embargo, hay mucho que puede hacerse a partir de la creatividad popular. Desde intervenciones colectivas en páginas determinadas, al modo de lo que en el mundo de las comunicaciones se conoce como “guerrilla digital”, pasando por la construcción de canales alternativos de información, hasta la difusión articulada de las movilizaciones callejeras. El trabajo en las redes sociales debe ser tenido en cuenta para habilitar nuevas formas de participación y acción política.

El más allá de las pantallas

El atravesamiento de las tecnologías de la información en nuestras vidas es un hecho. Cómo nos comunicamos, qué vemos cuando vemos y qué nos pasa desde que nos levantamos, vamos a laburar o estudiar y volvemos a casa son experiencias humanas que se transformaron y reconfiguraron en esta era de las pantallas. La política y las disputas por el poder y el sentido no quedaron por fuera de este proceso. Tus expresiones en 140 caracteres y retuiteos son un insumo de campaña. Lo que te gusta, encanta, divierte, asombra, entristece y enoja habla de vos. Esta ola de vertiginosos cambios pueden marear al desprevenido e hipnotizar a quienes se fascinan y corren detrás de la novedad de turno. Podemos hacer un uso ingenuo y acrítico de las herramientas de nuestra época, o bien parar la bola e intentar entender para actuar en el mundo que nos toca. Si en el fondo el cambio último es la transformación cultural y subjetiva de los habitantes de nuestro planeta, la subversión del sentido común de mercado fabricado por el régimen global neoliberal, la batalla en las redes es y será por la suma de voluntades que acuerden que tal como está, el mundo se dirige a la implosión y que es necesaria la construcción de un proyecto alternativo que bregue por el bienestar de las mayorías. Nunca tuvimos tanta información y conocimiento disponible, nunca estuvimos tan comunicados. Aprovechar las herramientas disponibles y ponerlas con inteligencia al servicio de causas solidarias, populares y urgentes depende de nosotros. Acordate: la revolución digital, y no la de la alegría, es hoy, es acá y es ahora. Si te gusta o no te gusta, y qué haces con eso, ya es cosa tuya.

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