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“Las izquierdas deben tener propuestas de construcción colectiva de liderazgos”

Entrevista a Waldo Ansaldi

 Plumas: Cristian Defeo, Nahuel Ferrer |

Personalistas, autocráticos, caudillistas, estadistas, conductores, figuras irremplazables. Los liderazgos políticos en América Latina concitan un debate extenso que, incluso, pareciera no tener grises. En los últimos años, la discusión se volvió efervescente por la coincidencia temporal de mandatarios como Chávez, Evo Morales, Correa, Néstor y Cristina Kirchner, y hasta los hermanos Fidel y Raúl Castro. Y ahora, la obligación de recambios presidenciales, en algunos casos por muertes y en otros por los propios límites que imponen las constituciones, derivó en la necesidad de replantear las ideas. Waldo Ansaldi, Doctor en Historia y Director de la Maestría en Estudios Sociales de América Latina de la UBA, es uno de los investigadores más lúcidos para analizar la coyuntura del continente. Encuadrado en una mirada gramsciana, entiende que la dificultad para resolver las sucesiones presidenciales “tiene una relación estrecha con la incapacidad para construir hegemonía”.

Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia y uno de los grandes pensadores de estos tiempos, subrayó la incapacidad de los gobiernos populares y revolucionarios de la última década para resolver la cuestión de sucesiones presidenciales. Los liderazgos, en muchos casos personalistas, chocan con los límites constitucionales. ¿Coincide?

Álvaro es, probablemente, el intelectual más claro de América Latina en este momento. Acaba de formular la idea de que en los procesos históricos no hay ciclos, sino ondas. Es una propuesta que permite romper con la idea de ciclo, que viene de la economía y que dice que, indefectiblemente, termina y arranca otra cosa. Acá no, con las olas es como que hay avances, continuidades, repliegues. Me gusta mucho esa idea. Rompe con la premisa de que hay compartimentos estancos. La idea de ola es una metáfora fantástica, porque avanza y luego retrocede. Con respecto a lo de los liderazgos, me parece un tema muy interesante para analizar. Con un grupo de colegas hemos discutido, siempre desde el campo progresista y popular. Ellos defienden la idea de los liderazgos fuertes y argumentan que esto es parte de la historia de América Latina. Y es cierto; nadie puede obviar esa característica. Pero que haya sido así, no quiere decir que deba seguir siéndolo siempre. Además, la noción del caudillo es conservadora, es del pensamiento de derecha.

¿A qué se refiere?

A que un pensamiento de izquierda tiene una propuesta de construcción colectiva de los liderazgos. Por eso Gramsci hablaba del partido como Príncipe Moderno. En los últimos procesos estamos viendo una dificultad grande de los gobiernos latinoamericanos para generar direcciones de reemplazos alternativas. En Cuba lo resolvieron fácilmente, pero convengamos que si la dirección del proceso es la misma de los años 50, entonces un problema hay. Y la otra cosa que se nota mucho en estos gobiernos, pero también en muchos países de Europa, es el problema de la lucha por la hegemonía. Confundieron ganar elecciones, con mayorías, con la construcción de hegemonía; o creyeron que ganar comicios era garantía suficiente. Y no, lo muestran Brasil, Argentina, Venezuela. Hay una recomposición de la estructura social, que hizo que buena parte de los beneficiarios de las políticas públicas terminaran votando en contra de quienes los ayudaron a llegar a cierto status.

El caso de las clases medias es el más ilustrativo.

Exacto. Compran el discurso de la burguesía, que es hegemónico. Hay un punto importante. Si estas fuerzas políticas no se hacen cargo, no hacen autocrítica o dicen que sólo perdieron por los medios de comunicación, será difícil salir adelante. La construcción de hegemonía es un proceso dificilísimo que tiene una relación muy estrecha con los problemas de los liderazgos.

¿Pero el proceso de construcción de hegemonía puede dejar de lado por completo la apelación a la violencia?

Nunca hay hegemonía total, como nunca hay violencia total. Las dictaduras más brutales, como las de Hitler, Franco y Pinochet, tenían un grado de hegemonía importante. Un sector grande de la población les daba consenso. Está claro que, en algún momento, esa construcción no excluye a la apelación a la violencia. Las clases propietarias no van a resignar fácilmente sus intereses. Puede ser violencia física o simbólica, pero la violencia no desaparece. Más temprano que tarde, aparece; el punto es saber si se convierte permanente u ocasional para resolver una cierta correlación de fuerzas. Las experiencia de los llamados países socialistas fue un buen indicador; terminaron haciendo de la violencia física y simbólica un elemento de continuidad, por eso no construyeron hegemonía.

¿Cuáles son las características de los liderazgos latinoamericanos?

En el fondo, hay una idea de sentirse por arriba del resto y ser intérprete del sentir de la mayoría. Cuando Getulio Vargas se admitía a sí mismo como padre del Pueblo, se estaba poniendo por encima de los demás. Es muy interesante que la figura siempre sea alusiva al padre, que viene de la tradición conservadora más notable. En México, Cárdenas era el Tata, o sea padre. Perón no era padre, pero era el primer trabajador. A mí me gusta apelar a la metáfora de la plaza y el balcón, porque en muchos discursos eso es presentado como la demostración más clara del vínculo estrecho entre el líder y la masa. Y se olvidan lo más importante, que es la distancia física que existe entre el balcón y la plaza. Mira de arriba y los de abajo aplauden. Hay una polémica sobre la construcción de liderazgos personalistas y, sobre todo, caudillistas. Convengamos que liderazgos personalistas hay en todos lados, con mayor o menor magnitud. Hay una vieja discusión entre historiadores acerca de qué es lo que origina el caudillismo en América Latina. Una primera vertiente deriva del personalismo español, cuya figura inicial fue el Cid Campeador. Esta hipótesis la cuestionó muy fuertemente John Lynch, que señala que esta construcción es un fenómeno post colonial, es el resultado del modo en el que se resolvieron las independencias y la constitución de los Estados. Deriva del hecho de esto que nosotros planteamos, de encontrar matrices sociales en el período colonial. Cuando el hacendado, padre simbólico de quienes están dentro de la hacienda, se traslada al plano nacional, de lo micro a lo macro, la lógica es exactamente la misma, sólo que ahora con más “hijos”.

¿La resolución de este problema con las reformas constitucionales para seguir en el poder es el camino más sencillo?

Es posible. Y el poder desgasta, corrompe. Y aunque no lo hiciera, de todos modos, la idea de construir sociedades democráticas e igualitarias implica una rotación en el ejercicio de funciones. Creo que hay que mirar con muchísimo cuidado el resultado del referéndum en Bolivia, que le negó a Evo Morales y a Álvaro García Linera la posibilidad de la reelección, porque no necesariamente es una derrota del proceso y del proyecto. Tal vez tiene que ver con que hay sectores que se beneficiaron con la política del MAS, pero que hoy quieren otra cosa. Pero quizás es un llamado de atención. Sobre todo en Bolivia, que viene con esta matriz de las comunidades indígenas, de los pueblos originarios, que entienden la construcción societal como una construcción colectiva; este no es un dato menor, porque nosotros estamos acostumbrados (porque estamos educados así) a la preeminencia del individuo, pero en los países andinos y, en Bolivia en particular, no es así. En la constitución de esta sociedad, parte de lo recíproco, de lo colectivo como una construcción incluso de la vida cotidiana, es lo que ayuda a entender la resistencia contra las políticas de Sánchez de Losada, que son las bases de la constitución del MAS y su empoderamiento. Si lo saben leer bien, posiblemente de ahí pueda extraerse una conclusión que ayude a hacer el proceso mucho más radical en términos de construcción societal y de democracia.

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