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El Tornero

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Presidente de la República Federativa de Brasil 2003-2010.

De sindicalista a presidente de la república: la trayectoria de Lula. 

Ariella Silva Araujo[1]


La historia de Luiz Inácio Lula da Silva, Lula, comenzó como la de muchos otros nordestinos retirantes. En 1954, con solo siete años, acompañado por su madre y sus siete hermanos, salió huyendo del hambre y de la sequía del Estado de Pernambuco, en un viaje de 13 días sobre un “pau-de-arara”[2]. Así como Lula, muchos/as migrantes veían en las grandes ciudades la posibilidad y la esperanza de una vida mejor. El sudeste de Brasil, más específicamente São Paulo y Río de Janeiro, se constituía como la “niña de los ojos”.

 

El proyecto desarrollista de industrialización rápida de Juscelino Kubitschek, en los años 1950, colocó la región del ABC paulista[3] en la ruta de los polos industriales más dinámicos de Brasil. Además de concentrar empresas metalúrgicas y grandes montadoras, como Scania y Volkswagen, esa región atrajo a gran parte de los/as migrantes como comunidad de destino, guiados/as por las perspectivas de empleabilidad que la región ofrecía para una mano de obra poco calificada y, a veces, poco letrada. Con Lula no fue diferente. Fue en el ABC paulista que él reconoció las oportunidades para la concreción de sus proyectos de vida, allí desarrollaría sólo su carrera profesional en el sector metalúrgico y, sobre todo, su carrera política y sindical, que más tarde lo conduciría al cargo de presidente de la república en 2003.

El punto de giro en la trayectoria de Lula, fue su compromiso con el movimiento sindical y el Partido de los Trabajadores (PT). Aunque no puede confundirse la historia de estos dos campos con la de Lula, es evidente que hay fuertes correlaciones entre el sindicalismo y el partido político en la construcción de la trayectoria de aquel que se considera uno de los líderes más carismáticos e importantes de la historia de Brasil.

El ingreso en el movimiento sindical

         Invitado porel hermano José Ferreira de Melo, el Frei Chico, miembro del Partido Comunista de Brasil (considerado ilegal en la época), Lula inicia su actividad sindical en 1968, participando en reuniones y asambleas del Sindicato dos Metalúrgicos de Diadema e São Bernardo – hoy Sindicato dos Metalúrgicos do ABC. La implicación con el movimiento sindical fue, sin sombra de duda,  importante para la construcción de su experiencia militante y el despertar de la conciencia política y de clase, así como sobre las cuestiones más amplias del país y de las condiciones precarias de trabajo y explotación a que muchos los/as trabajadores/as estaban sometidos/as. La importancia que la lucha sindical tuvo en esa etapa de su vida fue tan grande que en 1972 Lula deja la fábrica Villares, donde trabajaba como tornero mecánico desde 1966, para dedicarse casi exclusivamente al sindicato. Los frutos de esa dedicación culminaron con su elección para presidente del sindicato en 1975 con el 92% de los votos.

En los 70´ los ánimos entre trabajadores y patrones en el ABC paulista se inflamaron debido a la coyuntura política-económica: una inflación del 34,1%  en 1977 y una intensa represión a los derechos civiles y políticos. En virtud del agravamiento de la tensión capital-trabajo, Lula endureció el discurso contra los patrones y comienzó a organizar huelgas y movilizaciones, comenzando un nuevo ciclo de protestas en 1978 en las principales automotrices del país. Impulsados por la campaña por mejoras salariales, los / as obreros / as del ABC se convirtieron en protagonistas de una lucha más amplia por el proceso de redemocratización, que inició una nueva fase e historia del movimiento sindical brasileño. Más combativo, las luchas políticas y económicas de ese período acuñaron el término que se conoció como el novo sindicalismo, cuyo espectro de acción no se limitaba a los muros de las fábricas. El nuevo sindicalismo logró unir a diversos sectores de la sociedad civil en torno a un objetivo común.

El ascenso de las luchas obreras y el protagonismo del Sindicato de los Metalúrgicos del ABC, empezaron a llamar la atención del régimen militar instaurado desde 1964. Los focos se posaron sobre Lula cuando, el 13 de marzo de 1979, convocó una asamblea sindical en la que habló, incluso sin micrófono, frente a 80.000 trabajadores en el estadio de la Vila Euclides[4]. Dos días después, 170.000 trabajadores/as iniciaban un paro. La huelga fue declarada ilegal y el sindicato sufrió su primera intervención por parte de la Policía Militar, cerrando sus locales y destituyendo a los líderes electos.

El punto cúlmine de ese movimiento ocurrió en 1980, cuando Lula lideró la histórica huelga que duró 41 días y se extendió por todo el Estado de São Paulo. Considerado amenaza para la paz social, Lula fue arrestado por la Ley de Seguridad Nacional y liberado después de 31 días en prisión debido a la intensa presión ejercida en las calles. Lo que movilizó a miles de trabajadores/as en un acto reivindicatorio por aumento salarial y mejores condiciones de trabajo, se transformó en movimiento político en la lucha contra la dictadura. La salida que encontró el movimiento sindical para un salto cualitativo fue la necesidad de la organización de la lucha política.

La necesidad de construcción del PT y de la CUT

La experiencia de los ciclos de protestas de los años 1970-1980 llevó a los sindicalistas al convencimiento de que el movimiento sindical, por sí solo, no bastaba para resolver los problemas de las clases trabajadoras del país en general y del ABC en particular. La perspectiva de la transformación social por la vía electoral pasó a ser tema central en las preocupaciones de esos actores. Desde esta concepción, intelectuales, artistas, militantes, opositores de la iglesia católica, feministas, entre otros, formaron la base social del segundo partido político más importante del país: el Partido de los Trabajadores (PT), fundado en 1980. En una entrevista concedida a Felix Guattari en 1982, Lula explicitó el papel que la estrategia electoral representaba para la formación del partido. La función del PT consistió en dar un paso más en la organización de las clases trabajadoras y mostrar a los empresarios que si los/las obreros/as sabían trabajar, también sabían gobernar. En última instancia, dados los límites del sindicalismo, el partido sería la respuesta estratégica, de un sector del movimiento obrero, para alcanzar objetivos articulados en otras instancias. La Central Única de los Trabajadores (CUT) se creó tres años después, como una organización necesaria para sumar fuerzas y para organizar a los trabajadores en las cuestiones del día a día. La CUT nació con una propuesta clasista, de transformación social y de unidad de la clase trabajadora, y rechazaba, por lo tanto, la colaboración de clase.

Las interpretaciones sobre el PT son variadas. Aunque palabras como socialismo, transformación, acción política global, autogestión, estuvieron presentes en el programa político y en el discurso de sus dirigentes, especialmente los de Lula, muchos/las investigadores/as tienden a enumerar más continuidades que rupturas en relación a los otros partidos de izquierda, como el Partido Comunista Brasileño (PCB) y el Partido Laborista Brasileño (PTB). Si los análisis más apresurados apuntan a las similitudes entre ellos en términos de organización (carácter militante), del programa político (socialismo) y del perfil de los dirigentes políticos, el hecho es que el PT difiere de los otros, en primer lugar, por su trayectoria de construcción de la politización de diversos agentes sociales, como sindicalistas y movimientos populares; y en segundo lugar, por el propio contexto de oposición al régimen militar y al modelo económico vigente. Sin embargo, la historia dejó en evidencia la distancia existente entre el discurso y las prácticas del PT, que se desplazó del discurso más radical a prácticas más moderadas y reformistas.

El hecho es que Lula, en poco más de dos décadas, fue conquistando prominencia entre los trabajadores y se convirtió en el principal líder de la oposición y del movimiento de redemocratización del país. En La resistencia contra el régimen convergieron fuerzas del partido, sindicatos, movimientos sociales y populares en la campaña por las “Directas Ya”. Lula actuó de forma directa en la a través de la organización del comité supra-partidario en favor de las elecciones. En 1988, con la nueva constitución federal, los/as brasileños/as consagraron el derecho de elegir directamente a sus representantes. El sueño de Lula de ocupar el más alto puesto en la representación sólo se concretaría, sin embargo, en 2002, cuando el PT y el sindicalismo del ABC eligen al primer presidente salido de la clase trabajadora. Este fue el exacto momento en que el Sindicato del ABC, fundado en 1933, se convertiría en el más poderoso e importante del país. Para algunos, el sindicato que hizo a Lula.

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El legado del lulismo y el escenario actual

La llegada de Lula al poder en 2003 ha sido interpretada a partir de un doble movimiento: como auge y como crisis del PT. Auge, porque por primera vez en la historia un obrero y sindicalista ocupa el escalón más alto de las estructuras institucionales de disputa de poder implementando políticas de reformas estructurales que afectan a toda la sociedad brasileña. A pesar de las diversas coaliciones electorales realizadas, su candidatura representó la posibilidad de superación de un escenario de despolitización y del enfriamiento de las luchas sociales y políticas fruto del neoliberalismo de los años 1990. Crisis, interpretada como inicio o como conclusión de la muerte del partido, porque es es posible identificar un proceso de cambios significativos en la práctica y en el discurso del partido y de la central sindical. Si la conciliación y los compromisos con fracciones de las clases burguesas eran descartadas por la CUT y el PT en los años 1980, la campaña de 2002 coronó el abandono del radicalismo y de la lucha de clases a favor de la adopción de prácticas dirigidas a la asociación con el empresariado.

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La relación partido-sindicato ha sido vista como problemática por académicos / as y por organizaciones de la sociedad civil. En varios seminarios a lo largo de los 30 años, Lula habló sobre la necesidad de mantener la independencia de ambos espacios. Sin embargo, la experiencia histórica demostró lo contrario. Al proponer el 45% de los puestos públicos de trabajo con sindicalistas de alto escalafón, y de haber concedido beneficios al movimiento sindical con la regulación de la ley de las centrales sindicales en 2008, Lula ha sido acusado de haber consagrado una república sindical, lo que acarreó una mayor fragmentación y la moderación del activismo. La continuidad de las políticas neoliberales habría actuado de forma nefasta en la desmovilización de los movimientos sociales, en el anulamiento de la autonomía y de la independencia del movimiento sindical debido a la cooptación de sus líderes y en la estatización de las formas de organización de los trabajadores as, según Graça Druck .

El hecho es que no se puede decir simplemente que hubo una continuidad strictu sensu de las políticas neoliberales de sus antecesores. Las alteraciones pueden ser identificadas no sólo en el tipo de política económica, que transitan de neoliberales a neodesarrollistas, sino también dentro del bloque en el poder. A diferencia de Fernando Henrique Cardoso, que atendió a los intereses del capital internacional y de la burguesía compradora, la fracción que pasó a ser priorizada en las gestiones de Lula y de Rousseff fue la burguesía interna. Los sectores insatisfechos con las políticas neoliberales de los años 1990 se aglutinaron en torno a lo que Armando Boito Jr llama el Frente Neodesenvolvimentista, favorables a un proyecto de reanudación del crecimiento económico, el neodesenvolvimentismo, que fue recibido con bastante entusiasmo por uno de los representantes del capital productivo, la  Federação das Indústrias do Estado de São Paulo (FIESP).

En el primer mandato de Dilma Roussef ese Frente Neodesarrollista comienza a dar señales de su límite en razón de la contradicción inherente entre la burguesía interna y el movimiento obrero y popular. Desde 2002, el PT intentó atender intereses contradictorios de fracciones de clases presentes en el interior del bloque en el poder. No se trata de una alianza, pues los primeros, generalmente, son contrarios a las políticas públicas dirigidas a las clases populares, principalmente las compensatorias, como el Bolsa Familia, iniciadas en el gobierno de Lula y prolongadas en la gestión Dilma. La contemplación de los anhelos de las clases populares, históricamente postergados, por medio de programas sociales (como los de reducción de la pobreza, los de transferencia de renta, los de valorización del salario mínimo y de la activación del mercado interno) propició a la vez el realineamiento de la base electoral del PT (de clase media para clases populares) y acuñó el fenómeno del lulismo. El conflicto de clase se convirtió en una cuestión de gestión de políticas públicas, así como hubo un intento de neutralizar los intereses del capital a través de concesiones (intereses altos, superávits primarios y cambio flotante).

La culminación del agotamiento del frente ocurrió con el golpe parlamentario perpetrado contra Rousseff en 2016 que, irónicamente, tuvo como su principal articulador a FIESP. La derecha conservadora, no aceptando los resultados de las elecciones de 2014, y con el discurso de la crisis económica – que tiene raíces, por encima de todo, políticas e institucionales – construyó un movimiento de derrocamiento de un gobierno legítimamente elegido por 54 millones de votos. Desde la mitad de 2016, el gobierno ilegítimo de Michel Temer viene aplicando reformas y medidas que han revocado o disminuido la importancia de los programas sociales, considerados herencia maldita de las gestiones del PT y, principalmente, los de Rousseff.

La reforma previsional y la reforma laboral son los dos pilares de un proyecto político alineado con los intereses del capital internacional y el neoliberalismo, derrotado en las urnas en las últimas cuatro elecciones. Allí quedó evidenciado el verdadero propósito del derrocamiento de Rousseff y los intereses que se antepusieron en la nueva coyuntura. El movimiento sindical, por su parte, se ha mostrado poco hábil para bloquear las reformas propuestas, e incluso para movilizar a los / las trabajadores / as, en virtud, principalmente, de la relación con el PT. Por otro lado, el PT, cada vez más fragilizado y hostilizado desde los medios hegemónicos, también ha mostrado poca habilidad para recomponer y presentar alguna alternativa al cuadro actual. En una visión casi mesiánica, muchos brasileños depositan las esperanzas de la reanudación del crecimiento económico con la candidatura de Lula en 2018. Queda por saber si las fuerzas hegemónicas actuales dejarán que esto suceda.

 


[1] Doctoranda en Ciencias Sociales por el IFCH-UNICAMP. Investigadora de visitante en el Wissenschaftszentrum Berlin für Sozialforschung (WZB)

[2] El “pau-de-arara” es un medio de transporte irregular aún bastante utilizado en los estados del Nordeste de Brasil. Consiste en un camión improvisado para el transporte de pasajeros, y a veces para las ventas de frutas.

[3] El ABC paulista es una región tradicionalmente industrial del Estado de São Paulo formada por las ciudades: Santo André, São Bernardo y São Caetano. A veces la ciudad de Diadema se incorpora a la sigla ABCD

[4] Lula tuvo la idea de convocar una asamblea sindical que ocupara las mismas dimensiones de una etapa de fútbol en febrero de 1970 debido a un campeonato paulista de fútbol en el Morumbi

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