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Muralismo: un arte social, político y pedagógico.

           Los medios de comunicación moldean a máxima velocidad la psique social. Educarse o aprender, buscar la historia o intentar conocerla, son imposibles desde el camino hegemónico que trazan los medios. En cambio el muralismo se presenta como el canal de comunicación para contar la historia de los pueblos, sus luchas sociales y la conquista de un arte que surgió en México para luego contagiar al resto de la patria grande. Conocé la historia que cuentan los muros latinoamericanos desde la pluma de Verónica Capasso, parte de Boba.
                                                                                                                                     por Verónica Capasso 

         El muralismo es un estilo y un tipo de práctica artística visual que tiene al muro como soporte. A lo largo de la historia, podemos encontrar diferentes modos de producción, temáticas de referencia y lugares de emplazamiento de este tipo de arte. Su análisis requiere pensar –como para cualquier otro tipo de propuesta artística– su conexión con otros elementos del mundo social y cultural. Es decir, los procesos y manifestaciones artísticas, al mismo tiempo que poseen particularidades técnicas, formales y materiales, están estrechamente vinculados con lo que Raymond Williams (2003) llamó el “proceso social”.

         En América Latina el muralismo fue impulsado por Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros en México en las primeras décadas del siglo XX. Como veremos más adelante, retrataron múltiples temas como la revolución, la lucha de clases, las tradiciones populares, el capitalismo, el socialismo y los pueblos nativos, entre otros, tópicos que en su representación posicionaron al hombre dentro de la historia y de su época. La importancia del muralismo mexicano no sólo se circunscribe a su nación de origen sino que, después de 1930, el movimiento se expandió por varios países como fue el caso de Chile y Argentina, siempre en vinculación con el contexto sociopolítico.

         En Chile, un momento emblemático de la práctica mural fue aquel desarrollado por colectivos comunistas hacia principio de los años 70, como fue el caso de la Brigada Ramona Parra, formada por grupos organizados de muralistas chilenos, vinculados al Partido Comunista, que utilizaban los espacios públicos para hacer llegar su mensaje político. Se caracterizaron por realizar imágenes sencillas y coloridas que referían a los trabajadores y a la geografía del lugar, entre otros temas, y por un modo de producción que suponía pintadas rápidas.

         En nuestro país, podemos marcar varios momentos importantes del muralismo en lo que concierne a la historia del arte nacional. Un primer momento, tiene lugar con la llegada en 1933 de David Alfaro Siqueiros, de militancia comunista. Fue contratado por Natalio Botana, director del diario Crítica, para realizar un mural dentro de su quinta en Don Torcuato. Así, eligió un equipo de ayudantes para la realización del trabajo, todos artistas locales: Lino Enea Spilimbergo, Carlos Castagnino, Antonio Berni y el escenógrafo uruguayo Enrique Lázaro. Mediante el trabajo en equipo se realizó el mural, denominado Ejercicio Plástico –que hoy en día se encuentra en el Museo del Bicentenario–. Si bien se caracterizó por no responder a una consigna política ni a una problemática social, abrió un precedente, sobre todo en relación al concepto de arte monumental y al modo de trabajo colectivo. Ello derivó en 1946 en la realización de los frescos de la cúpula de las Galerías Pacífico, uno de los conjuntos murales de mayor significación y envergadura en la ciudad de Buenos Aires. Por otro lado, casi contemporáneamente, Benito Quinquela Martín pintó una serie de murales, con el objetivo de testimoniar la vida, colores, trabajo y gente del puerto y del barrio de La Boca. También aparece la producción muralista claramente combativa de Ricardo Carpani,  producciones que aludían a las problemáticas de la clase trabajadora y la justicia social. Luego, a fines de los 50, el grupo artístico Espartaco, rechazando el colonialismo cultural, asumió la necesidad del compromiso social del arte retomando la modalidad del mural como la mejor forma de llegar a todas las clases sociales, llevando adelante además trabajos en coordinación con sindicatos. Posteriormente a estas manifestaciones, las producciones murales fueron esporádicas. Recién hacia finales de la década de 1980 el grupo Escombros en la ciudad de La Plata realizó murales que abordaron la realidad sociopolítica del país. Además, específicamente en la ciudad de La Plata existe una trayectoria de formación artística en muralismo –principalmente en la Facultad de Bellas Artes–, característica que ha contribuido a dinamizar la producción mural en la región en los últimos años.

 

El caso mexicano: la construcción de otro relato de nación

         Volviendo a los tres grandes muralistas mexicanos, Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, sus obras estuvieron asociadas al momento posrevolucionario de México –1921 en adelante–, en el que se inició una etapa de construcción de instituciones por parte del Estado, diferenciándose de la oligarquía que había dominado hasta ese momento. Se establecieron reformas y se implementó un programa político, ideológico y educativo. Según Rita Eder (1990) si bien el Estado los contrató para decorar sus edificios, tuvieron un espacio para producir sin demasiadas condiciones. De esta forma, su objetivo fue dar una interpretación de la historia mexicana y de la identidad nacional, que miraron a la luz de distintas ideologías, cosmovisiones y estilos.

         La producción mural mexicana de aquellos años, por un lado, tuvo la pretensión de disolverse en la praxis vital –al estilo de las vanguardias históricas–, es decir, fundir arte y sociedad y así acercarse al pueblo. Por otro lado, el uso del mural como programa estético no sólo suponía un nuevo dispositivo de producción artística sino también de consumo-circulación: una propuesta que, en oposición a la obra de arte sacralizada en espacios legitimados para el arte, se encontraba en la calle, al alcance de todos. En suma, su interpretación de la historia nacional a través de los murales tuvo la función pedagógica de darla a conocer al pueblo, adaptándose en concordancia con los espacios públicos y educativos en que fueron realizados. Por ejemplo, varios de los murales de Diego Rivera se encuentran en el Palacio Nacional de Ciudad de México. En el cubo de las escaleras, Rivera representó la historia de ese país, mostrando el pasado precolombino del pueblo mexicano, el tiempo colonial, la Revolución Industrial, la revolución social y la independencia. El proceso culmina en lo alto del arco central con los dirigentes de la revolución sosteniendo una pancarta con su lema “Tierra y Libertad”, frase que aludía al derecho de los campesinos de poseer y trabajar sus tierras. Éste fue el lema del Partido Liberal Mexicano, usada por Ricardo Flores Magón, político, escritor y fundador del Partido y por Emiliano Zapata, líder del Ejército Libertador del Sur. Otro ejemplo que podemos mencionar es el mural de David Alfaro Siqueiros en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), proyecto que inició en 1952, cuyo lema suponía la idea de “el pueblo a la Universidad y la Universidad al pueblo”. Es considerado uno de los íconos del arte del mosaico mexicano. En el mural, representó a cinco estudiantes subiendo por unas escalares, llevando en las manos objetos representativos de los conocimientos adquiridos en la universidad. De esta manera, plasmó el pensamiento de quienes se dirigen de vuelta hacia el pueblo cargados de nuevas ideas que aplicar.

 

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La historia de México: de la conquista al futuro, 1929-1935. Diego Rivera
 Palacio Nacional, Ciudad de México.

 

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El pueblo a la universidad, la universidad al pueblo. Por una cultura nacional neohumanista de profundidad universal, 1952. David Alfaro Siqueiros, Universidad Nacional Autónoma de México.

Posicionar al hombre dentro de la historia 

         El muralismo mexicano se ha constituido en un movimiento artístico emblemático, por las temáticas que abordó, por el uso del arte monumental y por los procedimientos empleados, postulándose como un arte nuevo, revolucionario, cuyas búsquedas tenían el objetivo de desacralizarlo y democratizarlo.

         Desde lo temático, han trabajado problemáticas sociales y personajes de la historia mexicana, posicionando al hombre en el centro de la escena. El trabajador, el campesino, fue representado con una mirada no miserabilista sino que se lo revalorizó.  Y este tipo de obra operó también como dispositivo pedagógico con el objetivo de transmitir un mensaje, el cual apuntaba a la sociedad por venir. Es decir, no sólo contribuyeron a la generación de un discurso sobre la identidad nacional a través del análisis y reconfiguración de su historia pasada, sino que también incorporaron lecturas con predicción del futuro: una sociedad justa e igualitaria con un pueblo empoderado.

 

 

 

 

Referencias

fb png Veronica Capasso Socióloga e historiadora del arte. Parte de revista boba

  • Eder, R. (1990) “Muralismo mexicano: modernidad e identidad cultural”.
  • Moraes Belluzo, A. M. (1974) (org.). Modernidade: vanguardas artísticas na America latina, Sao Paulo, Memorial UNESP.
  • Williams, R. (2003) La larga revolución. Buenos Aires, Nueva Visión.

 

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